Del brillo al polvo seco

Llego a Ovalle en una fría noche de invierno. Los vidrios del bus están empañados y yo con la incerteza del lugar, me pregunto si será seguro caminar hasta mi hostal a las 5:30 de la mañana. 

Le pregunto a la persona encargada de los baños del terminal de buses qué tan peligroso era caminar a esta hora por la cuidad, y me comenta que no era la mejor idea del mundo, y si no conocía el lugar, me recomendaba que tomara un taxi a mi destino. Así lo hago y en el recorrido me doy cuenta que la cuidad tiene un aire a Valparaíso, con sus casas en las pendientes de las montañas y sus largas avenidas serpenteantes. Algo hizo click en mi cabeza al ver este escenario y comencé a entender mejor el trabajo de Sergio Larraín.

De sopetón me encuentro en la puerta de mi hostal y son las 6 de la mañana. Se me pasó por completo avisar a la encargada que llegaría tan temprano y me dice que no tiene ninguna habitación libre, pero que me podía quedar en el salón improvisado que tenía montado. Son las 6:30 de la mañana, estoy en Ovalle para visitar a la familia del fotógrafo y hacen 5 grados, demasiado frío en esta noche cerca del comienzo del desierto de Atacama.

Después de intentar capar el frío en aquel salón improvisado, y esperar a que amaneciera para poder acceder al desayuno, comienzo a charlar con la dueña del hostal, Soledad. Después de las típicas preguntas generales, hizo la pregunta clave que desembocaría en una cadena de visitas y encuentros que no esperaba hacer en este viaje.

Soledad me preguntó que qué estaba haciendo en Ovalle, a lo que yo le respondí que venía buscando información sobre “un fotógrafo”. Ella queriendo saber más me pregunta cuál es el nombre de ese fotógrafo; Sergio Larraín le respondo. Se queda pensativa y después cayó en que conocía a “Don Sergio” como siempre lo llamó. Sin saberlo había llegado al alojamiento indicado.

Sergio Larraín llegó hace más de 40 años a Ovalle, ciudad donde se acabaría retirando de la fotografía de forma profesional, dedicándose casi de forma completa a la pintura, meditación y yoga. Y fue en estas clases de yoga donde se conocieron.

Le conté que mi plan se basaba en conocer sobre él y su vida, y me dijo que quienes mejor información me podían dar eran dos de sus mejores amigos aquí en Ovalle. Me puso en contacto con ambos de ellos, y para conocer al primero, a Aroldo, tuve que hacer un viaje de casi dos horas a las faldas de Los Andes, a un pueblo llamado Tulahuén. Después del viaje lleno de curvas y pasando por paisajes preciosos, llego a Tulahuén sin saber exactamente a cuál casa ir. Por suerte me pude contactar por teléfono con Aroldo, me dio las direcciones exactas y me dijo que me estaría esperando fuera, en el camino.

(Justo antes de ponerme a escribir esta parte, me pongo a escuchar la conversación que tuve con Aroldo y me vuelve esa sensación de calidez y amabilidad. No es común encontrarse con este tipo de personas en la ciudad, por lo que volver a sentir esa sensación de que soy bienvenido de verdad, de forma genuina, se siente genial.)

Nada más vernos me saluda de beso y abrazo, como si fuera uno más de sus amigos, y me invita a sentarnos a un tronco a la sombra para escapar un poco del calor del sol de invierno que hacía ese día.

Comienza contándome que Sergio partió en la zona con los cursos de yoga, pero a la gente al principio no le interesaba mucho porque el yoga era para estar tranquilo con uno mismo, y allí, en medio de la montaña la gente estaba la suficientemente en paz como para querer estarlo aún más. En sus propias palabras, - aquí uno no necesita nada -.

Dando estos cursos fue como conoció a Óscar Gatica, quien me había conseguido esta junta con Aroldo, y a quien iba a ver esa misma noche de vuelta en Ovalle.

Me comenta que me habría llevado a conocer el pueblo pero estaba cansadísimo de unos trabajos que había estado haciendo. Justo en ese momento su perro comenzó a perseguir y a ladrar a un vecino que se acercaba a su terreno, por lo que Aroldo se levantó y comenzó a gritarle - ¡Mota!... ¡MOTA! - A lo que el perro se frenó de golpe y prácticamente volvió con el rabo entre las piernas.

Nos quedamos unos segundos en silencio mientras se escuchan los gallos y gallinas de fondo y nosotros seguimos sentados en aquel tronco a la sombra.

Sergio estuvo más de 40 años en Tulahuén, y al principio cuando uno de sus hijos comenzó a ir al colegio, le pidió expresamente a Aroldo que lo llevara para que se acostumbrara a los niños de la zona que él ya conocía. También le pidió que se encargara del cultivo y cuidado del primer terreno que había comprado allí, el cual quedaba a unos 10 minutos caminando camino abajo desde casa de Aroldo. Me cuenta que el mismo Sergio decía que él era un vagabundo. Para hacer buenas fotos hay que caminar, hay que recorrer y perderse. Y ahí andaba yo perdido le digo, y nos reímos. Cuando nos volvemos a calmar le enseño mi cámara y me dice que es la misma que usaba él - ¿Una Leica, cierto?, la misma que usaba el señor Sergio. - Me contaba que desde Francia le habían enviado una, pero esa no la quiso usar, y que al final no sabe que pasó con esa cámara, lo más probable es que la tuviera Juan José o su hermana, Gregoria Larraín.

Después de esto le digo que me gustaría tomarle una foto para el registro y me dice entusiasmado, ¡Vamos! Un rato más tarde, después de vigilar a los perros por unos minutos me dijo que tenía unos libros que me daría la próxima vez que fuera, que eran de Sergio.

Comienza a contarme que Sergio también tenia un terreno en lo alto de la montaña. La encontrabas camino arriba, pasado la quebrada, un lugar donde solo podías llegar caminando. Te esperaban unas 3 horas de solo subida.

Sergio le mandó a construir allí su "ermita", el lugar donde se retiró en su último tiempo.

Casi ya finalizando la charla, Aroldo me anima a ir al cementerio que se encontraba a unos 300 metros de su casa, para así poder visitar la tumba de Sergio Larraín. Me dice que es la que esta al fondo, con una cruz pintada de negro. Aprovecho de preguntarle sobre el horario de los autobuses de vuelta a Ovalle y nos despedimos con un fuerte abrazo.

Me pongo entonces dirección al cementerio por un camino de tierra mientras van pasando coches, camionetas y camiones por mi lado. Unos minutos más adelante se ve un camino de tierra el cual tenia que tomar y rodear el pequeño cerro, tal cual me indicó Aroldo. Después de la última curva en subida donde no se veía el suelo, comienzan a asomarse las cruces del par de panteones que habían, y se comienzan a ver los bloques que contienen los nichos, todo esto encajado entre las montañas donde Sergio solía ir a meditar.

Al cabo de un buen rato, sin poder encontrar la tumba después de buscar por unos 20 minutos bajo un sol que ya comenzaba a abrasar, llamo a Aroldo para que me vuelva a dar las indicaciones y así finalmente consigo hallar la sepultura, por la cual ya había pasado muy cerca en un par de ocasiones.

Su retirada del mundo terrenal se convertía en la lápida más modesta del cementerio. Una cruz de madera pintada de negro la acompañaba, además de un par de colgantes, uno con una pequeña cámara atada y otro con una cruz hecha de algún mineral. Los dos jarrones con flores ya secas estaban tirados en el suelo, así que los recogí y aproveché de limpiar los restos de tierra que quedaron encima.

No tenía ninguna necesidad de ir a aquel cementerio entre medio de montañas, menos cuando rara vez voy a visitar aquellos donde tengo familiares, pero algo me decía que tenía que hacerlo. Tal cual estaba pasando con este viaje donde no tenía ninguna necesidad de llevarlo a cabo, pero algo dentro me incitaba, me animaba a hacerlo, a hacer esas 9 horas en autobús desde Santiago hasta Ovalle, más casi dos horas hasta Tulahuén, en el Norte Chico de Chile. A congelarme a las 5 de la mañana y a pasar un calor tremendo por el mediodía.

[...]

Esta es la primera parte de mi viaje a Ovalle, no sabiendo si buscando a Sergio Larraín en sí, su herencia artística o su legado espiritual.

Pronto vendrá la segunda parte, donde termino mi charla con Aroldo. Esa misma noche me reúno con Óscar y hablamos de arte, fotografía y espiritualidad. Me muestra copias químicas hechas a mano por Sergio como también pinturas que él le había regalado. Además me enseñaría algo que jamás habría esperado y que me conmovió enormemente.

Texto e imágenes: Cristóbal Batlle